miércoles, noviembre 03, 2010

A regañadientes...


Dice Alma Guillermoprieto en la “Introducción” de Historia escrita:
Resultará evidente mi profundo desacuerdo con las ideas de cada uno de los personajes reseñados (aunque espero haber evitado la tentación de la polémica), y sin embargo es el caso que me sentí impulsada a retratarlos justamente a ellos y no a otros. Hay razones obvias: su delirio, su amor a lo imposible, su terquedad y orgullo inacabable, que algo tienen de Prometeo y algo de Sísifo, nos han seducido a todos. Tampoco puedo evitar mis propias contradicciones: tendrán todos una vocación irremediable por el desastre, pero la mediocridad no se les da, y a regañadientes los admiro.
Esto que apunta la autora con respecto de su texto es algo parecido a lo que me pasó con esta serie de crónicas que retratan, de manera puntual y con una capacidad envidiable de síntesis, a cinco personajes que se encuentran ligados de manera irremediable a la historia de América Latina: Eva Duarte de Perón, Ernesto Guevara de la Serna, Fidel Castro Ruz, Mario Vargas Llosa y el Subcomandante Marcos.
          En otra ocasión había comentado la capacidad que tiene Guillermoprieto para captar la atención y movilizar las neuronas de sus lectores. Sus crónicas parten de un principio fundamental: la negación de prolongar el endiosamiento irreflexivo. Una crítica que se ejerce, no de manera taxativa, sino narrativa. Heredera de la tradición de crónica histórica tan rica en nuestra región, se lanza a desmenuzar, de manera corta pero contundente, los elementos más visibles de los personajes que aborda. Y lo hace con un método que consigue reflejar interés no sólo de manera interna con respecto de su texto, sino de manera “fractal” con respecto de los textos a los que alude para construir mucho de su relato.
           Están ahí los diarios del Che (los varios diarios) contrapuestos a su historia personal y a sus obsesiones políticas; los casi interminables discursos fidelistas al lado de las omisiones propias de la censura del régimen; la retórica radionovelera de Eva Duarte contrapuesta a su capacidad sobrehumana de organización; las ambiciones literarias de Marcos junto a las posibilidades mediáticas que abrió; el pensamiento liberal y realista de Vargas Llosa frente a su asco al contacto con la pobreza y la masa.
          Pareciera que el mecanismo preferido (y eficaz) de la cronista se funda en dos cuestiones fundamentales: por un lado la búsqueda consciente de la contradicción y los mecanismos bajo los cuales opera; y, por otro, una colocación certera de los matices que desenfocan el discurso generalmente aceptado al respecto de los personajes que disecciona.
          No podemos pasar por alto dos cuestiones fundamentales: primero, que las crónicas son escritas en primera instancia para el público norteamericano en inglés (trad. de Laura Emilia Pacheco y Emma Palacios) lo que le confiere un probablemente inconsciente, pero eficaz, tono expositivo para neófitos; y, segundo, que los textos son generados durante la década de los noventas, en pleno auge neoliberal y en sincronía con alguno de los procesos que reseña (el fenómeno del EZLN en específico).
          Sin embargo, y sin dudar un instante, creo que los textos contenidos en este libro son ampliamente recomendables y dignos de ser analizados a la luz de que, más allá de su negativa a la polémica, consiguen hacernos pensar de manera crítica mucho del discurso hegémonico de izquierda que, aunque suene contradictorio, también existe y opera con una eficacia posible gracias a los procesos históricos latinoamericanos y a la realidad que nos ha tocado habitar.

Alma Guillermoprieto, Historia escrita, México, Plaza y Janés, 2001.

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