martes, junio 26, 2012

Mi voto no es secreto


La mañana del jueves 7 de julio de 1988 madrugué. Era el día en que ayudaba a mi padre a llevar su mercancía al mercado municipal, donde vendíamos al mayoreo los productos agrícolas que se habían recolectado durante la semana. Eran tiempos de ciruelas, aguacates, duraznos y los primeros higos. La razón de madrugar no fue, precisamente, ayudar a mi padre. Lo hice para escuchar la radio. Una radio de transistores que tenía en mi cuarto, que había visto mejores tiempos y que sólo captaba señales de AM. A mis once años esperaba escuchar una noticia que tenía que ver con las elecciones federales: la caída del PRI y el triunfo del Frente Democrático Nacional que lideraba el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas. La noticia no llegó. Fue un jueves triste. Más allá de que la venta no fue especialmente lucrativa (rara vez lo era), el ambiente que se respiraba era de derrota. El país había sido vencido por un sistema que se negó a abandonar el poder y que entró en la etapa más cruenta en términos de política económica. Entre 1988 y 2000 el país estuvo entre los países que remataron su propiedad pública a fin de unirse al mundo globalizado. También fueron los años del enriquecimiento ilícito, de la impunidad rampante, del cinismo elevado a rango de virtud (el famoso “más vale ser un pobre político que un político pobre” del patriarca Hank), de la pauperización acelerada, del exterminio de la clase media.
      Todo eso permitió que en el 2000 los ánimos estuvieran a punto para permitir la alternancia partidista. El depositario de tal encomienda: un político-empresario-disfrazado-de-ranchero que pretendía hacernos creer que provenir del mundo rural era sinónimo de honestidad y, también, de ignorancia orgullosa (algo así como “soy bueno porque no me gusta leer”, o la máxima del cine mexicano de la época de oro en su vertiente urbano marginal: “soy pobre pero honrado”). El gobierno de Vicente Fox fue un circo que refrendó la necesidad de pensar en un gobierno que tuviera, ante todo, integridad y capacidad para llevar a cabo las tareas que las diversas secretarías invocaban. En términos de libertades ciudadanas hubo tímidos avances (sobre todo en lo relativo a la libertad de expresión donde, incluso, los programas de la hoy cuestionada Televisa se permitieron hacer mofa de los tics del presidente), aunque otras fueron remitidas por la ideología retrógrada del partido que representaba (derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los indígenas). Visto a la distancia, el periodo de Fox no puede concebirse sino como una traición a la esperanza (jodido sentimiento) que los ciudadanos que le dieron su voto depositaron en él.
      La decepción se vio reflejada en 2006 cuando, y vía un fraude (no se puede calificar de otra manera un proceso electoral en el que elementos como la imparcialidad del IFE, la intervención descarada del Presidente saliente, la guerra sucia en contra de un candidato ajeno a sus intereses...), el PAN se vio obligado a asaltar el poder y a tratar de legitimarse por medio de la sangre. Más de 60 000 mexicanos (ciudadanos algunos, muchos sin la edad para ser considerados como tales) han sido las víctimas de esta “guerra contra el crimen” que no ha rendido los frutos que se habían previsto y que ha convertido a todo el país (incluso espacios para población privilegiada como el Aeropuerto Internacional) en terreno minado y en ciudadanos atemorizados por los excesos tanto de las células criminales como de las fuerzas del orden. Felipe Calderón no obtuvo la legitimación que buscaba y pasará a la historia como un presidente gris cuya administración está salpicada de sangre y de caos.
      Todo esto traemos hasta 2012. Año de elecciones. Y la posibilidad de elegir entre cuatro propuestas que, aparte de carentes de calidad en términos personales, reflejan el estado en el cual la clase política ha quedado a lo largo de los años.
Por un lado, el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, un producto higiénico y empaquetado al gusto del consumidor promedio de basura televisiva. Representa el clientelismo, la explotación de la ignorancia marginal, el enriquecimiento ilícito, la impunidad en todos los niveles, la tentación represora, los compromisos que atan su proyecto desde antes de asumir cargo alguno, la vida privilegiada de una clase alta para nada ilustrada, la expresión del desprecio clasista y racista de sus afectos más cercanos (su hija y su esposa). Un representante de todo aquello que nos convirtió en la dictadura perfecta (Vargas Llosa dixit): un país en donde la posibilidad de disentir estaba condicionada por la conciencia de ser reprimido por el sólo hecho de atreverse a levantar la voz; donde la posibilidad de crecimiento profesional o laboral estaba condicionado por la cercanía con el poder; donde los puestos no se ganan, se subastan (véanse si no los métodos de acceso prevalecientes en el magisterio nacional).
      En otro extremo, el candidato de Nueva Alianza, Gabriel Quadri. Un, como le gusta llamarse a él, académico. Un hombre con capacidades retóricas sobresalientes, con ideas acordes con el pensamiento liberal en boga en el mundo occidental. Pensamiento liberal no sólo en términos de libertades ciudadanas (derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo, despenalización de las drogas, despenalización del aborto) sino también en términos de libertades económicas (dejar todo en manos del mercado, que ya la mano invisible se encargará de repartir la riqueza). Hay detrás de Quadri, sin embargo, la sombra del negocio familiar-gremial de Elba Esther Gordillo, la vitalicia (estatutos por delante) dirigente del sindicato más poderoso del país. Intereses económicos con los grandes capitales, de continuidad con el modelo de degradación de la calidad educativa, de alianzas incuestionables con el círculo del poder, de medidas cosméticas para problemas reales (hacer productiva la pobreza por medio de capacitación empresarial), de desconocimiento de la diversidad cultural del país (no todo es el Eje Polanco-Santa Fe-Condesa). En fin, una opción que no es opción. Una marioneta que sirve de comparsa para restar votantes dentro del espectro de los progres más impresionables y que, en la fragmentación de una realidad compleja, creen hallar soluciones a sus preocupaciones inmediatas disfrazadas de preocupaciones colectivas.
      Josefina Vázquez Mota, la candidata del PAN, arrastra tras de sí las experiencias de la incapacidad operativa del gobierno de Fox y del baño de sangre del sexenio calderonista. Resulta sintomático, por ejemplo, la manera en cómo personajes sobresalientes de su partido le han ido retirando apoyos en la previsión de cuidarse las espaldas o de deslindarse del autoritarismo que su partido ejerce desde el Ejecutivo. Su postura de continuar con los mismos métodos de combate al crimen augura resultados similares a los de este periodo; los saldos de continuar por ese camino estarán signados, entonces, por más familias enlutadas y comunidades secuestradas. Hay también la sensación de una constante improvisación a lo largo de su campaña, de acomodarse según las encuestas o la corriente de la opinión pública se lo demanden; de continuar la tradición de la guerra sucia como forma de comprensión de la política, de asumirse virtuosa al poner en evidencia los defectos de los demás. De pedir el voto femenino sólo por ser mujer, aunque no sea clara en la defensa de los derechos de esas mujeres. Nunca he simpatizado con la plataforma ideológica del PAN, no voté a Fox, menos a Calderón; y no pienso hacerlo en este punto del camino.
      Por último está Andrés Manuel López Obrador, un orador deficiente, un hombre desesperante al que se acusa de populista sin tener a ciencia cierta certeza sobre lo que tal concepto contiene, un político que carga sobre sus hombros el hecho de haber encabezado una resistencia pacífica en contra de lo que él consideró un fraude monumental (a diferencia de Cárdenas, por ejemplo, cuya reacción al fraude del '88 fue mesurada y olvidable). A mí me desesperan las formas de López Obrador. Su lentitud de expresión. Su manera de revolcar las ideas hasta hacerlas casi incomprensibles. Esas referencias constantes a conceptos propios de la retórica nacionalista que, en muchas ocasiones, sólo sirven para generar entusiasmo pero no para confrontar problemas reales: la idea de pueblo, de patria, de esperanza y demás (el equivalente al “¡Viva México, cabrones” de los conciertos de rock). Sin embargo, le reconozco capacidades que quedaron patentes en su gobierno al frente de la ciudad de México: nunca en toda su historia se había hecho tal inversión social en beneficio de las clases más desfavorecidas, ni siquiera durante las jefaturas de izquierda precedentes. Un énfasis en distribuir fondos públicos a través de construcción de infraestructura educativa (preparatorias, universidad), deportiva (reacondicionamiento de espacios públicos, parques, construcción de albercas), médica (hospitales, módulos itinerantes), de subsidios directos (desempleo, madres solteras, ancianos, discapacitados). No proviene de la nada el apoyo popular y el reconocimiento de honestidad a su gestión. En lo personal, no estoy de acuerdo en cómo funcionan algunos de esos mecanismos de atención social (las becas educativas sobre todo), pero el caso es que existen, que no son compromisos huecos de campaña. Y, sobre todo, que se han construido los elementos legales para darle continuidad a esas cuestiones que en otros casos sirven para reforzar el clientelismo electoral. Me atraen sobre todo tres aspectos de su plan de gobierno: la idea de revocamiento de mandato, la política social como alternativa en la lucha contra el crimen y la reducción de sueldos desproporcionados a los funcionarios federales. Me atrae también la inclusión en su gabinete de personas que han demostrado capacidad en las tareas que se les han encomendado (los casos de Juan Ramón de la Fuente en Educación, Marcelo Ebrard en Gobernación y de Cuauhtémoc Cárdenas al frente de PEMEX); aunque otros no me entusiasmen tanto (“Elenita” Poniatowska en Cultura y René Drucker en Ciencia, Tecnología e Innovación, p. e.).
      Como comentábamos con un compañero de debates: esta elección pasará a la historia como la elección en la que se votará por el menos peor. Pero también como la elección en la cual gran parte de la ciudadanía levantó su voz en contra de cuestiones evidentes e injustas como la falta de equidad informativa y la petición de réplica con respecto de los asuntos de interés nacional. Es la elección, también, de la participación juvenil, de la toma de conciencia de una generación que comprendió que las decisiones privadas inciden sobre la cosa pública. Esa es una ganancia mucho más valiosa que la que prometa o realice cualquiera de los candidatos electos.
      A todo esto, yo iré por Andrés Manuel López Obrador. Y, en caso de ser electo, estaré listo para vigilar y criticar las acciones que lleve a cabo. Porque en estas elecciones es algo que estamos en camino de aprender. Y a todo aprendizaje le llega el momento de ser evaluado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y nuevamente tenemos una imposición: EPN. Es evidente que las elecciones de este 2012 no fueron equitativas. Estuvieron y están viciadas de origen: gasto excesivo en campaña, compro del voto, manipulación por parte de los medios de comunicación para formar una opinión política a favor de EPN e irregularidades electorales. Lo que me causa tristeza es como hasta hace poco ciertos medios de comunicación colocaban al puntero hasta 15 puntos arriba, siendo que el cuestionado PREP lo colocó a solo 6 puntos. Es mucha la diferencia.

No nos queda más que salir a luchar a las calles y defender el voto. Impugnar la elección y crear un organismo ciudadano que vigile permanentemente, en caso de que no se llegué a nada, al candidato espurio. Creo que los jóvenes del movimiento #Yosoy132 podrían ser ese organismo ciudadano, verdaderamente de los ciudadanos.

¿Y usted, qué haría?

Édgar Adrián Mora dijo...

Anónimo,

contesto un poco, aquí:
http://fabricadepolvo.blogspot.mx/2012/07/saldo-electoral.html