jueves, marzo 10, 2016

Un hombre ético que escribía

(Texto leído en la presentación de Continum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld en el Centro Cultural Bella Época el 26 de febrero de 2016). 
Escribió las historias de unos trescientos personajes. Con mucha probabilidad es el primer guionista de historietas que vivió de esa ocupación en exclusiva antes que nadie en América Latina. Cuestionó de manera profunda los supuestos y los estereotipos que los productos de la cultura popular de la época en la cual le tocó vivir habían construido. Edificó un ambiente familiar en el cual privó la posibilidad de disentir, de opinar libremente, de tomar partido y ser respetado por eso. Se unió a la lucha revolucionaria en contra de la dictadura militar que asolaba su país en la década de los setenta y engrosó de manera trágica la lista de desaparecidos políticos que en conjunto sumaban más de 30 mil personas. Sus cuatro hijas, junto con sus yernos y dos de sus nietos, infantes aún, se unieron a la nómina de las víctimas del terrorismo de Estado. Todos desaparecidos, todos muertos. Sus historias, a la distancia de varias décadas, siguen despertando la pasión y el interés de infinidad de lectores alrededor del mundo. Y, sin embargo, es un desconocido. Más allá de su tierra, Argentina, el nombre de Héctor Germán Oesterheld continúa en los terrenos del misterio, de las referencias ocultas, de los datos de trivia que eso a lo cual llamamos la alta cultura, el cánon, lo-que-se-debe-de-leer, permite que se filtre por los resquicios como parte de una anomalía en el seno de la cultura popular.
            Uno de los momentos de la historia reciente que permitió que el trabajo del guionista se conociera a nivel mundial tuvo que ver con el deceso del presidente argentino Néstor Kirchner. En una manta enorme que colgaba al costado de una de las plazas públicas que se llenaron de personas para lamentar la muerte del presidente, aparecía éste personificado como Juan Salvo, el protagonista de El eternauta, tal vez el cómic más famoso de Oesterheld. El Nestornauta reflejaba, en cierto sentido, el deseo de muchos argentinos en el retorno del carismático mandatario. Y se convertía, al mismo tiempo, en un discurso paralelo que hacía referencia a la memoria de los desaparecidos de la última dictadura militar a través de la referencia al guionista. Ejemplos como ése son abundantes en la cultura popular. Remeras con estampados de Juan Salvo caminando entre la nieve mortal cubierto con el traje de buzo que fue acondicionado de manera casera se reproducen también en estaciones del metro; graffitis repartidos a lo largo y ancho de muchas paredes; afiches colgados en cuartos semioscuros de chicos que no tienen conciencia, más allá de la atracción visual que el personaje despierta, de la historia que hay detrás de esa imagen.
            Héctor Germán Oesterheld fue descendiente, como muchos argentinos y latinoamericanos, de migrantes europeos que huían de las nuevas condiciones de explotación que la Revolución Industrial había originado en sus países de origen a finales del siglo XIX. Nació en 1919. Con antecedentes españoles y alemanes, creció en un ambiente de clase media alta más o menos privilegiada. Desde niño se habituó a la Aventura a partir de las lecturas que realizó. Además de eso, su familia solía pasar tiempo en el campo. Fueron esas dos actividades las que, probablemente, marcaron sus vocaciones: por un lado se dedicó a la geología, ingresando incluso a la universidad para hacerlo profesionalmente y, por otro, leyendo las obras más variadas a las que tenía acceso.
            Esas costumbres le construyeron una fama de erudito que fue una de las cosas que más sorprendió a la que sería su esposa: Elsa Sánchez. Es imposible separar la vida del guionista del destino de la mujer que lo acompañó en su vida. Todos los actos y decisiones que el primero tomó en vida impactaron y marcaron, primero a la familia, y después a la esposa que se convirtió en la única sobreviviente al finalizar el holocausto que significó la represión estatal de la dictadura. Cuando Elsa lo conoció, él era mayor por varios años, se lo presentaron como “Sócrates”, tal era el apelativo con el cual lo conocían sus amigos debido a la erudición y a su afición de hombre renacentista que alimentaba. Después de cierto tiempo unieron sus vidas y fueron, durante algunos años, podemos adivinarlo, muy felices. La familia comenzó a crecer y Oesterheld creaba su propia definición para la misma: la familia Conejín.
            Los primeros acercamientos con la literatura los tiene, precisamente, por el lado de la literatura infantil. Escribe un cuento para el diario La Prensa, mismo que le es publicado para gran regocijo propio y de su madre. Esos primeros intentos creativos animaron la necesidad de seguir escribiendo. Mientras lo hacía como un hobbie trabajaba en un banco como especialista en geología, aún sin haberse graduado, aunque esa ocupación le permitía viajar y conocer territorios del país que después aparecerían alegorizados o realistas en sus obras. Infantil es también uno de los personajes más entrañables que creó: Gatito. Fue tanto el impacto que el personaje tuvo que, incluso, tuvo un programa radiofónico.
            Su llegada a las historietas fue un tanto azarosa, pero se decidió a aceptar el reto con el espíritu aventurero que lo caracterizaba. Comenzó en la Editorial Abril, lugar donde creaciones como Sargento Kirk tomarían forma. Donde conocería a grandes nombres de la ilustración como Hugo Pratt, quien después sería un indispensable del medio de la historieta al dar vida a personajes como los incluidos en Corto Maltés. Elsa, la esposa, le reclamará la decisión que en algún momento toma: abandonar los trabajos estables que tenía, en el banco por ejemplo, y dedicarse de lleno a la historieta. Entre los argumentos que esgrime para defender esta decisión hay uno que sorprende por la novedad y lo visionario de su planteamiento: la historieta puede ser un medio didáctico. De cierta manera, Oesterheld planteaba el fracaso de la escuela para generar un gusto asumido de manera placentera por la lectura de libros. Su lógica apuntaba que si los chicos leían historietas, era posible crear obras que fueran interesantes para ellos y que, al mismo tiempo, les enseñara algo. Una especie de caballo de Troya que tendría como objetivo a los miles de chicos y adolescentes que compraban de manera masiva las historietas que se creaban en aquellos años de auge del medio en Latinoamérica. Sólo para darnos una idea: la editorial Novaro, mexicana, había puesto en jaque y orillado a la quiebra a la industria de historietas española y de otros países hispanoparlantes. Es a ese público masivo que Oesterheld pretende llegar. Con el tiempo veremos que, más allá de la didáctica científica, Oesterheld utilizará el medio para transmitir su concepción ética de la vida: la escala de valores que desconocería elementos que en aquellos tiempos se concebían primordiales como el nacionalismo y el temor hacia el Otro, cualquiera que fuese su origen. Al autor le interesa una ética de lo humano. Identifica a la guerra y a la confrontación entre iguales como el verdadero enemigo.
            Es precisamente esa idea, “el enemigo no es el hombre, es la guerra”, el que prevalece en obras como Ernie Pike. Este personaje, un reportero de guerra, está inspirado en un periodista real: Ernest Pyle, uno de los mejores cronistas, y de los más leídos, que contaba las historias que se daban en el frente asiático durante la Segunda Guerra Mundial. Ernie Pike refleja, en muchos sentidos, varios de los valores que Oesterheld defendía como parte de su método creativo: la objetividad, la frialdad, la erudición, el no tomar partido de manera irracional. Visualmente Pike tiene un parecido asombroso con las facciones de Oesterheld, una anécdota que se cuenta al respecto apunta que cuando Oesterheld terminó el primer guión de Ernie Pike le dejó una nota, en broma, a Pratt: dibújalo buen mozo, noble, buenazo, “dibújalo como yo”; el ilustrador siguió las indicaciones y el perfil de Oesterheld quedó impreso en el rostro de Pike. Las historias de este personaje no tienen una mirada militante, no reconocen, de manera maniquea, entre “buenos y malos”: reflejan los dramas que la guerra genera en las personas de a pie, lanza un mensaje subversivo para la época: el enemigo es invisible, es el Poder, no los demás seres humanos. A esa concepción retornaría en El eternauta. En su obra más reconocida se observa cómo ese poder cósmico que rige los destinos de los seres humanos, concebidos como colectividad de individuos, son los Ellos: las mentes maestras que dominan, conquistan y dirigen el mundo sin hacerse visibles nunca.
            La guerra es una de las obsesiones del autor. Un tema que lo tocaría incluso en su vida personal. Es difícil ubicar el momento en el cual la biografía y la obra del guionista se entrecruzan. Cómo aquellas ideas que planteaba sobre las viñetas habían pasado a contar su propia historia. Resultan contrastantes diversas facetas de su vida: en determinado momento, cuenta su viuda, unos caracoles habían invadido los rosales que ella cultivaba es su jardín, quiso matarlos y él se oponía, “pobrecitos, merecen vivir”, decía; la esposa no se explica cómo ese hombre, amante de la vida, se transformaría después en un militante que defendería sus ideas hasta la muerte. Contrastan también los momentos de búsqueda de la perfección (una anécdota apunta que obligó a Hugo Pratt a redibujar un episodio de Sargento Kirk porque un rifle que Pratt había trazado era inexacto históricamente) con algunos de sus últimos trabajos en donde, sin demasiada elaboración, se dedicó a adaptar las historias de clásicos de la literatura como Poe o Conan Doyle (el caso de Nekrodamus, por ejemplo).
            Oesterheld confió tanto en la historieta como el medio idóneo para transmitir mensajes, historias y enseñanzas científicas y éticas, que incluso se aventuró a invertir su patrimonio en búsqueda de desasirse de las políticas editoriales que las compañías le imponían. Va un ejemplo: el primer tratamiento de Sargento Kirk no se desarrollaba en el Viejo Oeste norteamericano, no era un western en su concepción; la idea de Oesterheld era que el sargento en realidad pertenecía al ejército argentino y desertaba ante la simpatía que le despertaban los indios pampas a los que debía exterminar; el editor, César Civita, le dijo que esa historia era impensable en los momentos que el país vivía, así que Kirk se convirtió en norteamericano y sus historias se trasladaron al Norte. Otra situación: le ofrecen a Oesterheld realizar una serie sobre la Legión Extranjera francesa en África, él se niega porque, argumenta, no está dispuesto a convertir en héroes a asesinos invasores, su simpatía está más del lado de los “ensabanados” (los árabes) que de quienes van a su tierra a combatirlos e intentar conquistarlos. Fue para no confrontarse con esas exigencias que Oesterheld funda, junto con su hermano, la Editorial Frontera.
            Frontera es, probablemente, uno de los ejercicios de empresa más ambiciosos, honestos y hermosos que se hayan dado en América Latina. Se construyó rompiendo con muchas de las directrices que las grandes compañías tenían como política de mercado. Por ejemplo, en cada una de las revistas que la editorial publicaba (Hora cero, dedicada a la ciencia ficción principalmente; Frontera, dedicada al western, los temas bélicos y géneros afines) incluía una historia completa, autoconclusiva. Era una osadía en un tiempo en donde la fortuna de las editoriales de historietas se construía en el gancho que implicaba el “Continuará…” al final de cada episodio. Oesterheld creía que eso era engañar al lector, ante la opinión de su hermano que le decía que así quebrarían porque no habría misterio que seguir, el guionista contestaba que los lectores serían fieles si se les ofrecían buenas historias. Al final, Frontera no fue redituable, no porque no tuviera ventas: las tenía pero eran incuantificables y, peor aún, las ganancias no retornaban a los inversores. La razón de esto fue la inexperiencia: cuando se terminaban de imprimir los ejemplares que tiraba la editorial no se destruían los rollos de impresión, por lo que los imprenteros hacían tirajes clandestinos de las historietas que se vendían aparte y de cuyas ganancias la editorial no veía ni un centavo. A la larga tal situación fue insostenible y la editorial, cuyo logo era un indio que oteaba el horizonte parado sobre las ancas de un caballo, obra de Joao Montini, tuvo que cerrar.
            Sin embargo, antes de la debacle, en las páginas de las publicaciones de Frontera surgieron varios de los personajes que pasarían a la historia de la historieta latinoamericana y mundial: Randall The Killer, Sherlock Time, Rolo, el marciano adoptivo, Ernie Pike y, por supuesto, El eternauta. Parece un saldo más que positivo para una empresa quebrada. Y lo fue en términos creativos, sin embargo, en la vida personal y familiar de Oesterheld la situación se tornó tensa: aparecieron dificultades económicas, tuvieron que mudarse de casa y las discusiones comenzaron a aparecer por tal razón. El cambio de estatus sería, en otra situación y para algún otro autor, razón suficiente para replantearse su ocupación, para Oesterheld no lo fue: siguió escribiendo historietas. A la sazón, ya sus cuatro hijas estaban en el mundo: Estela, Diana, Beatriz y Marina se convirtieron en admiradoras incondicionales del padre y crecieron en un ambiente de libertad de pensamiento y expresión creativa que hacia el final de su historia sería determinante para el fin que encontraron.
            Eran los años tempestuosos de los sesenta. El triunfo de la Revolución Cubana imponía nuevas formas de concebir el cambio en sociedades tradicionalmente conservadoras y cuya historia oscilaba entre una normalidad democrática inestable y elitista contrastada por periodos de dictaduras militares que “reinstalaban el orden” que la democracia supuestamente amenazaba. Argentina no era la excepción. La politización de la clase media se explicaba por diversos factores: la evidente desigualdad que privaba en la sociedad y que con el paso del tiempo se hacía cada vez más evidente; el exilio de quien se reconocía como el caudillo de la justicia social, Juan Domingo Perón, en España; y las ideas que la juventud recogía de manera entusiasta a través de la imagen de los héroes guerrilleros que habían subido a la montaña y derrocado a la dictadura de Batista. Oesterheld se sintonizó con esos tiempos a pesar de sus recelos de tiempos antiguos (alguna vez se le ofreció realizar una biografía de Perón y se negó rotundamente, en ese entonces consideraba al caudillo como una cara del fascismo) y puso su arte al servicio de las ideas revolucionarias que flotaban en el aire. Fue así como surgió Vida del Che.
            La viuda de Oesterheld  que todo se jodió a partir de la publicación de ese cómic. Oesterheld entraba en las nóminas de sujetos sospechosos de subvertir el orden. Comercialmente la historieta tuvo un relativo éxito; estéticamente descubrió para el mundo las dotes de un dibujante prodigioso como lo es Enrique Breccia (véase su trabajo posterior en obras como El Sueñero o Lovecraft). Las peripecias que rodearon la publicación de Vida de Che pasaron por el secuestro de la edición, la necesidad de desaparecer los originales y la recuperación posterior a partir de un ejemplar de aquella mítica edición de Jorge Álvarez. Incluso la CIA, vía la embajada norteamericana, puso entre sus objetivos al guionista: recién publicada la biografía del guerrillero argentino, se le ofrece un patrocinio económico con viaje incluido por los Estados Unidos a fin de que realice un trabajo similar con la vida de John F. Keneddy, Oesterheld se niega. Para Editorial Jorge Álvarez también haría una biografía de Evita Perón y alguna de The Beatles. Esas experiencias le iniciarían en los terrenos de la narrativa gráfica de corte histórico. El culmen de ese trabajo estaría en Latinoamérica y el imperialismo. 450 años de guerra que levantaría debates tremendos debido al revisionismo militante del cual se le acusó. Para Oesterheld significaba un esfuerzo extra la realización de estas historietas, llegó a afirmar que debía invertir hasta el triple de tiempo para su elaboración. Sin embargo, no sería aventurado afirmar que esos trabajos lo ubicaron de manera evidente dentro de un espectro de la sociedad argentina: la de quienes luchaban en contra de la opresión y el autoritarismo.
            Esa ubicación dentro del espectro contrasta, de nuevo, con algunas etapas de su vida de la cual da noticia su viuda Elsa. Una que llama la atención en particular es la poco documentada relación que tuvo con Jorge Luis Borges. Elsa Sánchez afirma que era frecuente que Oesterheld se reuniera con Borges para platicar en la Biblioteca Nacional y que de esos encuentros le daban noticia sus hijas, quienes lo acompañaban. No parece disparatada tal relación en términos de los temas que preocupaban a los dos autores: la idea del tiempo, la eternidad, el gusto por la literatura inglesa. En la última entrevista documentada, Oesterheld se permite incluso declarar: “tengo más lectores que Borges”, como una forma de legitimar el trabajo de historietista y, al mismo tiempo, atacar los prejuicios que rodeaban a la figura del lector de cómics.
            No se sabe a ciencia cierta cuál fue el proceso por el cual Oesterheld  se integra de manera activa y militante a la organización guerrillera Montoneros. Una cuestión importante de saber es que a tal organización pertenecían sus hijas y sus parejas respectivas. Algunas personas que lo conocieron afirman que fue Oesterheld quien incitó a las chicas, mientras otros testimonios apuntan lo contrario: que Oesterheld siguió de manera apasionada las formas de expresión de los ideales que sus hijas enarbolaron. Sin embargo, el hecho de formar parte de la estructura de prensa de la agrupación no le impide seguir escribiendo historias para el mercado comercial. De esa etapa da noticia su trabajo en la editorial Columba, retratado de manera magistral, con las licencias literarias respectivas, en Germán. Últimas viñetas (Cristian Bernard/ Flavio Nardini, 2013), una serie de la televisión pública argentina que recupera la historia del guionista para la edad audiovisual y en la cual Miguel Ángel Solá nos entrega un Oesterheld que se acomoda de manera impecable a la imagen que muchos nos hacemos de él. Son las épocas de la clandestinidad, de las entregas de guiones a destiempo y apresuradas, del dictado de los guiones desde algún teléfono público. Los tiempos cuando sus compañeros se enteraban de su visita por las huellas de lodo que dejaba en la alfombra de las oficinas de la editorial; cuando sus colegas creían verlo en la calle disfrazado, con pelucas y ropas que eran impensables en él.
            Fue la época, también, de la segunda parte de El eternauta. Si ya en la primera versión de la historia Oesterheld aparecía, en un juego de intertextualidad digno de mención, como personaje de la ficción, como narrador testigo de lo que Juan Salvo, el navegante de la eternidad, tiene que contarle acerca del terrible futuro que le aguarda a la humanidad; en esta continuación se despoja del papel pasivo de testigo y se pone al lado del héroe. Toma partido. Enuncia que los gurbos, seres clónicos parecidos a gorilas cuya única función es secuestrar, matar y torturar, se han añadido a la nómina de invasores que aparecían en la primera versión realizada casi dos décadas antes. Su compañero en la primera aventura, Francisco Solano López,  se niega rotundamente a secundarlo en muchas de las cosas que plantea en los guiones de esta segunda parte y rehace muchas de las acciones descritas. En el nuevo cómic resultaba ya despojada de metáfora la situación que Argentina vivía en las calles. Mientras las patotas patrullaban las calles secuestrando y engrosando las listas de los desaparecidos políticos, en las páginas de El eternauta 2, Juan Salvo y Germán (Oesterheld) vuelan con enormes alas de murciélago disparando ametralladoras y defendiendo a “la gente de las cuevas”. Los últimos sobrevivientes del cataclismo que retornó a la humanidad a la época de las cavernas. En esta nueva versión el héroe protagonista también se plantea cuestiones radicales: sacrifica a Elena y Martita, su esposa e hija, en aras de un bien mayor. El mensaje era claro: no se debían regatear los sacrificios que deberían hacerse, incluso si eso implicaba la muerte de los más cercanos.
            El mensaje no era sólo lo que enunciaba Juan Salvo, era lo que pasaba por la cabeza de Oesterheld. Ante la andanada de atropellos que la dictadura militar comienza a realizar, a partir de 1976, la esposa urge a Oesterheld a sacar a sus hijas del país antes de que la mano inclemente de la represión las alcance. Él deja que esa decisión la tomen ellas de manera libre. Deciden quedarse y entonces, de manera paulatina, comienzan a desvanecerse en el medio del terror desatado por el terrorismo de Estado. Finalmente, el 27 de abril de 1977, en la ciudad de La Plata, el guionista es secuestrado por las fuerzas de la dictadura. Su estancia en los centros de detención como El Ratonero, El Sheraton y El Vesubio se adivina complicada y llena de penas. Entre ellas está el hecho de que le llevan de visita a uno de sus nietos para presionarlo a dar información, no lo hace; el custodio, admirador de sus historietas y conocedor de la tragedia familiar, decide contravenir órdenes directas y entrega al chico de escasos años a su abuela. Ellos dos y otro nieto fueron los únicos sobrevivientes de la hecatombe que se cernió sobre la familia. Uno de los últimos testimonios de sobrevivientes de los campos de concentración de la dictadura cuenta que en la Navidad de 1977 se les permitió a los presos quitarse las capuchas que cubrían de manera permanente sus cabezas, saludarse y fumar un cigarrillo. Oesterheld pidió estrechar la mano de cada uno de los detenidos que había en esa prisión, se lo concedieron. Alguno comenzó a cantar “Fiesta”, una canción de Joan Manuel Serrat que desnudaba la realidad de la dictadura franquista de manera irónica, y los demás le secundaron. “Se acabó la fiesta”, dice el último verso de la canción. Para Oesterheld se acabó de manera definitiva en alguna hora de 1978. Lejos estaba el retorno a la vida democrática de su país. Sus historietas, no obstante, se siguieron publicando, varios años después de que era una sospecha fundada su muerte. Resultaba tétrico seguir encontrándose su nombre en las portadas de Scorpio, por ejemplo, cuando muchos sabían de su trágico destino.
            A Oesterheld le gustaba definirse como “un oscuro trabajador intelectual”. Tal vez en esa apelación se encuentren todos los elementos que signaron su vida: la de un relativo anonimato, su cercanía con la clase trabajadora que justificó con la militancia clandestina hasta sus últimas consecuencias y el cultivo de la inteligencia que fue una cuestión a la que nunca estuvo dispuesto a renunciar. Juan Sasturain lo define como un hombre ético que escribía, que es una descripción que me gusta y con la cual me encuentro por completo de acuerdo. De tal manera, podemos decir que Oesterheld fue un hombre ético que escribía, cuya coherencia le obligó a vivir a la altura de sus sueños. Unos sueños que concebía no sólo sobre el papel, sino también en la realidad que le tocó habitar. 


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